EXPECTATIVAS VERSUS REALIDAD


Yo soy fanático de las películas de Ghibli. Chihiro y Totoro son insuperables, a pesar que no las vi cuando chico, sino sólo con mi hija menor, la Viole. Aún conociendo tales personajes ya viejo, pasaron por arriba de los Tom y Jerry, Pato Lucas y Los súper campeones. No obstante mi predilección por Ghibli, de vez en cuando le doy una miradita a las películas de Pixar, sobre todo a Toy Story.
(Fíjense que me doy una vuelta bien larga antes de decir lo que quiero decir).

En Toy Story 3, los muñecos terminan en un jardín infantil, supuestamente abandonados por Andy, su admirado dueño. Su Dios. Al llegar, con temores y expectativas inciertas, son recibidos por un grupo de muñecos y juguetes tiernos, alegres, abiertos, amorosos, amables. Entre ellos, un oso rosado, medio viejo, que es una suerte de líder que les da la más cordial y maravillosa bienvenida.
Tres respiros después, el lugar es un infierno, los muñecos siniestros y el oso rosado un Hitler abominable. Ya la cosa se fue al carajo.

¿Les suena parecido a algo?
¿Cuántas veces no llegamos a un nuevo lugar de trabajo, un nuevo barrio, grupo social, institución y todo parece, pinta y te lo pintan maravilloso? ¿Qué tan ingenuos somos de creer que es efectivamente así?
Esa percepción inicial, más teñida por nuestras propias expectativas y esperanzas, es bastante irreal. Pero debo confesar, en verdad, que me la como completa, de arriba a abajo. No hace mucho, con mi compañera María J, salimos tomados de la mano y saltando como Heidi de un nuevo lugar, vitoreando "¡Por fin! ¡Por fin!", sólo para en tres respiros querer salir arrancando. 
Basta con meter un poquito la nariz, para darse cuenta que no sólo en Dinamarca huele a podrido, un poquito que sea. 
Le he dado vueltas, y me pregunto:
¿Seré yo Señor? que pongo expectativas y creaciones imaginarias sobre cuestiones concretas que tienen sus propias dinámicas y funcionamientos, ajenos a mi sistema de valores, espacios mentales e ilusiones. O, en cambio:
¿Será por esa falta de honestidad y transparencia del ser humano y sus organizaciones o ese afán por disimular lo oscuro y pintar lo bueno, aunque no lo sea, lo que lo hace a uno, indefectiblemente, caer de nuevo en creerse el cuento?

De vez en cuando, reviso en mi cabeza cuál fue mi primera percepción  de un lugar, institución o persona y comparo las distancias con la percepción actual. Me deja tranquilo darme cuenta que cuando mi percepción ha sido mala con fundamentos, mi percepción no ha cambiado mucho. Pero tiemblo de espanto al darme cuenta que cuando mi percepción inicial es "feliz", mis antenas me han engañado otra vez.
Todas las organizaciones tienen dinámicas y estrategias de poder, "curriculum" ocultos, que incomodan, todas, sin duda. Hasta pienso que cuando algo tan natural del ser humano como "aprender", se institucionaliza y organiza, ya la cosa caga.

Lo otro, que es la reflexión de mi sabia señora, en el fondo el problema es uno: "uno en realidad no encaja en ninguna parte, y ¿sabes qué? no quiero hacerlo".

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