LOS FALAFEL DE MI ESPOSA
El otro día mi esposa hizo falafel, esa bolitas árabes con forma de ovni que se cocinan con garbanzos y otras especias. No es la primera vez que hace, claro, pero es la primera vez que me doy cuenta que sus falafel son mi comida favorita. Por lejos. Después, mucho después, podría estar la tartaleta de cebolla que también ella cocina y le doy una mención honrosa a mi estofado de cochayuyo (un alga de la costa chilena).
No puedo dejar pasar desde cuando estamos comiendo falafel constantemente. Hace unos años abrió una comida árabe, un restorancito pequeño, casi de pasada, pero atendido por un ángel: la Karima. Siria y chilena, sabía hacerse querer por su capacidad incomparable de hacerte sentir querido. Ella hacía los mejores falafel, pero el 2016 un derrame cerebral se la llevó de un balazo. De ahí en adelante, los mejores son los de María Jesús, mi esposa. He probado varios, de muchos lugares, pero nada ni nadie los supera.
El tema es que ni el falafel, ni la tartaleta de cebolla, son comidas que yo hubiera disfrutado o siquiera conocido hace 20 años, cuando estaba en plena adolescencia y bajo el dominio culinario de mi familia, incluyendo el litro de coca cola diario y las 6 marraquetas que me zampaba todos los días. El tema es que hoy me alimento total y absolutamente diferente a como lo hacía hace 20 años y, si nos alineamos con la máxima de "eres lo que comes", claramente debo suponer que soy alguien diferente a quien era hace dos décadas. ¿Pero quién era antes y quién soy ahora? o ¿Cómo pasar del nescafé al café de grano te podría hacer un ser humano distinto? ¿o cómo cambiar la hallulla con mortadela y mayonesa por chapatis con palta podría variar tu percepción de las cosas?
Qué sé yo, que lo explique el que dijo esa frase. Lo que yo tengo claro es que de las cientos de razones y sin razones por las que amo a mi esposa, una y de una relevancia importante, es su cocina. Cocina bien esta mujer y con estas palabras no quiero caricaturizar el estereotipo de la mujer-cocinera y el hombre-machista, porque creo que a veces cocino tanto como ella y en el verano hasta diría que más, pero lo que hace este análisis particular es que su forma de cocinar es, por lejos, muy superior a la mía, toda vez que yo, también debo reconocer, he aprendido a cocinar con/por ella.
La reina ésta sabe equilibrar los sabores y ha logrado erradicar de mi paladar esa dependencia con el azúcar y la sal, logrando explorar y disfrutar nuevos sabores y sabores auténticos. Ahora sé perfectamente el sabor de una papa y no el sabor de la sal en la papa. Sé lo que es un helado natural de plátano y no el azúcar en un sucedáneo de plátano. Todo lo equilibra bien, todo queda en su medida justa y hasta se ve bien en el plato. Yo dependo mucho del comino, por ejemplo. Y del ajo, sin esos dos misiles, mi comida queda triste, aguada, un verdadero adefesio en el plato. De pronto en cinco minutos (yo me tomo mínimo media hora) ella es capaz de servir en la mesa una genialidad brutal, un malabarismo de sabores e ingredientes que yo no hubiera visto ni en dos semanas.
A veces la espío e intento copiar sus pasos. Ella piensa que estoy ahí para seguir hablando de su trabajo o del mío, o de Michael Jackson, o de los sueños que se vienen o de quien cuelga la ropa, pero no es así. La espío y tomo nota mental de cada uno de sus movimientos, tratando, de forma imposible, descifrar el cómo va pensando y decidiendo cada una de sus acciones. Pero su velocidad, lo hace todo imposible y en mi cabeza no alcanzo a anotar que agarró la pimienta, cuando ella ya está friendo cebolla o echando algo secreto sobre la sopa de verduras.
A veces me descubre mirándola, medio embobado también admirando ese baile de artista que arma en esos pocos metros cuadrados de la cocina, y me hago como si fuera un tarado que la espía de forma lasciva, ese personaje típico de cada película de terror típica que espía a la protagonista mientras se desviste o se viste y que o termina siendo el sicópata o termina siendo el héroe por accidente. Ella se ríe (y eso es mejor, aún mejor que su cocina) y yo me hago el comediante, pero no, quiero espiar cómo lo hace, qué ingredientes ocupa o cuánto tiempo enciende el fuego bajo el sartén antes de meterle el ajo.
Bueno, todo esto pensé al darme cuenta, a boca llena, que sus falafel son por paliza mi comida favorita.
Quizás debí decírselo en el momento, mientras retirábamos los platos. Pero ya pasó la vieja.
No puedo dejar pasar desde cuando estamos comiendo falafel constantemente. Hace unos años abrió una comida árabe, un restorancito pequeño, casi de pasada, pero atendido por un ángel: la Karima. Siria y chilena, sabía hacerse querer por su capacidad incomparable de hacerte sentir querido. Ella hacía los mejores falafel, pero el 2016 un derrame cerebral se la llevó de un balazo. De ahí en adelante, los mejores son los de María Jesús, mi esposa. He probado varios, de muchos lugares, pero nada ni nadie los supera.
El tema es que ni el falafel, ni la tartaleta de cebolla, son comidas que yo hubiera disfrutado o siquiera conocido hace 20 años, cuando estaba en plena adolescencia y bajo el dominio culinario de mi familia, incluyendo el litro de coca cola diario y las 6 marraquetas que me zampaba todos los días. El tema es que hoy me alimento total y absolutamente diferente a como lo hacía hace 20 años y, si nos alineamos con la máxima de "eres lo que comes", claramente debo suponer que soy alguien diferente a quien era hace dos décadas. ¿Pero quién era antes y quién soy ahora? o ¿Cómo pasar del nescafé al café de grano te podría hacer un ser humano distinto? ¿o cómo cambiar la hallulla con mortadela y mayonesa por chapatis con palta podría variar tu percepción de las cosas?
Qué sé yo, que lo explique el que dijo esa frase. Lo que yo tengo claro es que de las cientos de razones y sin razones por las que amo a mi esposa, una y de una relevancia importante, es su cocina. Cocina bien esta mujer y con estas palabras no quiero caricaturizar el estereotipo de la mujer-cocinera y el hombre-machista, porque creo que a veces cocino tanto como ella y en el verano hasta diría que más, pero lo que hace este análisis particular es que su forma de cocinar es, por lejos, muy superior a la mía, toda vez que yo, también debo reconocer, he aprendido a cocinar con/por ella.
La reina ésta sabe equilibrar los sabores y ha logrado erradicar de mi paladar esa dependencia con el azúcar y la sal, logrando explorar y disfrutar nuevos sabores y sabores auténticos. Ahora sé perfectamente el sabor de una papa y no el sabor de la sal en la papa. Sé lo que es un helado natural de plátano y no el azúcar en un sucedáneo de plátano. Todo lo equilibra bien, todo queda en su medida justa y hasta se ve bien en el plato. Yo dependo mucho del comino, por ejemplo. Y del ajo, sin esos dos misiles, mi comida queda triste, aguada, un verdadero adefesio en el plato. De pronto en cinco minutos (yo me tomo mínimo media hora) ella es capaz de servir en la mesa una genialidad brutal, un malabarismo de sabores e ingredientes que yo no hubiera visto ni en dos semanas.
A veces la espío e intento copiar sus pasos. Ella piensa que estoy ahí para seguir hablando de su trabajo o del mío, o de Michael Jackson, o de los sueños que se vienen o de quien cuelga la ropa, pero no es así. La espío y tomo nota mental de cada uno de sus movimientos, tratando, de forma imposible, descifrar el cómo va pensando y decidiendo cada una de sus acciones. Pero su velocidad, lo hace todo imposible y en mi cabeza no alcanzo a anotar que agarró la pimienta, cuando ella ya está friendo cebolla o echando algo secreto sobre la sopa de verduras.
A veces me descubre mirándola, medio embobado también admirando ese baile de artista que arma en esos pocos metros cuadrados de la cocina, y me hago como si fuera un tarado que la espía de forma lasciva, ese personaje típico de cada película de terror típica que espía a la protagonista mientras se desviste o se viste y que o termina siendo el sicópata o termina siendo el héroe por accidente. Ella se ríe (y eso es mejor, aún mejor que su cocina) y yo me hago el comediante, pero no, quiero espiar cómo lo hace, qué ingredientes ocupa o cuánto tiempo enciende el fuego bajo el sartén antes de meterle el ajo.
Bueno, todo esto pensé al darme cuenta, a boca llena, que sus falafel son por paliza mi comida favorita.
Quizás debí decírselo en el momento, mientras retirábamos los platos. Pero ya pasó la vieja.


Simplemente genial!!!
ResponderEliminarNo pares de escribir!
Claro que no!
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